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Reflexiones:

REFLEXIONES SOBRE EL KARMA

El oriental busca como objetivo supremo de la vida llegar a emanciparse de la cadena de nacimientos y muertes a que está sujeto el ser humano, alcanzando así el estado de liberación, estado en el que el individuo vive la plenitud de la felicidad, de conocimiento y de realidad, inherentes a la verdadera naturaleza de espíritu o ser real del hombre.

Para conseguir este resultado es preciso que el hombre se despegue interiormente de sus vehículos groseros y fútiles –esto es el cuerpo físico, de las emociones, sentimientos y deseos, y de la mente concreta personal-. Cuando todas las capas que cubren el espíritu esencial se suelta, se dejan, entonces la persona, incluso en el estado de conciencia vigilia, realiza su unión con Dios, quedando emancipada de esta necesidad de volver a encarnarse una y otra vez para adquirir nuevas experiencias gracias a las que irá madurando poco a poco.

Ahora bien, el ser humano queda normalmente atrapado encadenado al ciclo de nacimientos y muertes por el apego que tiene a las cosas. O sea que, siguiendo el pensamiento oriental, no es que nadie le obligue a volver aquí para encarnarse una y otra vez, a pasar una serie de vicisitudes hasta que al final se le abre una puerta que le libera de este proceso, no. Lo único que ata a la persona es la propia actitud mental y el propio deseo. La falta de discernimiento o de sabiduría le hace tomar los aspectos fenoménicos de la existencia por lo único real y, en consecuencia, se aferra desesperadamente al deseo de posesión de las cosas, posesión de un cuerpo, posesión de riqueza, posesión de un Yo, etc., y es este deseo el que le encadena a la existencia y el que dicta todas sus acciones.

Todo acto que realiza una persona no es algo aislado en el conjunto de su existencia, ni siquiera en el conjunto del Cosmos, sino que toda acción está indisolublemente enlazada con el resto de su vida y además con el resto de todo cuanto existe. No hay nada que esté del todo aislado de lo demás. La más pequeña acción repercute en el resto, formando todo una concatenación de causas y efectos, un espeja tejido en el que cada hilo depende de todos los demás.

Toda acción que yo haga determinará en mi, después, una serie de resultados, buenos o malos, según la índole de la acción.

 Y esto no queda limitado al nivel físico o de la salud –todos sabemos que cualquier abuso en las funciones naturales se paga luego con trastornos orgánicos más o menos serios-, sino que se extiende a los niveles afectivos, mentales e incluso a los hechos aparentemente fortuitos que la vida nos depara. Toda buena acción, esto es, toda acción que responda a la verdad de la ley de la naturaleza o a la verdad de la ley espiritual- una sola verdad que se expresa en niveles distintos-, le traerá al individuo, como consecuencia inevitable, mayor salud o mayor bienestar en una forma u otra.

En cambio, toda acción contraria a la verdad, a la moral, a la justicia, acarreará de algún modo al individuo, a corto o a largo plazo, disgustos y sufrimientos. Esto es lo que se conoce con el nombre de la Ley del Karma.

La palabra Karma significa acción, pero también designa con esta palabra los resultados que derivan de la acción.

Cuando una persona deja la envoltura física, esto es, cuando desencarna, o, como se dice vulgarmente, se muere, queda todavía en la persona mucho karma latente y sobre todo, queda en lo profundo de su mente, con mucha fuerza, la idea de las cosas que desea volver a poseer. Y son estos dos factores, el karma y el deseo latentes, los que empujan al Yo individual a una nueva encarnación, a tracé delas leyes que rigen los planos intermedios –entre el plano físico y los planos espirituales- donde parte del karma latente se liquida, mediante estados subjetivos de bienestar o de sufrimiento. Y éste es, según los orientales, el verdadero y único purgatorio, pasado el cual el sujeto vuelve de nuevo a encarna para seguir aprendiendo otras lecciones que le acercarán cada vez más a la verdadera comprensión del sentido espiritual de la vida y, por último, al final del estado de liberación.

Es también así como en Oriente se explica el por qué de esas calamidades, de esas desgracias que sobreviven aparentemente y porque sí, sin justificación alguna. Cuando una persona sufre una enfermedad que la deja inválida, cuando tiene la desgracia de perder un hijo, en fin, cuando le ocurren una serie de desgracias de las que no se siente de modo directo responsable, se debe, según Oriente, a causas que estaban ya en la persona , procedentes de vidas anteriores. O sea que, con esta Ley del Karma, en Oriente se explica la auténtica justicia de Dios, no en el sentido de premio no castigo sino en el sentido de que toda causa produce necesariamente su efecto, aunque no de modo inmediato quizás, pero sí de modo inexorable. Pero volvamos al tema de la acción tal como le vive el oriental.

El problema está que ya no podemos vivir sin actuar, ya que toda acción genera karma, en cómo conseguir esta emancipación interior, en cómo lograr que uno deje de seguir siendo víctima del su karma, del resultado de sus acciones: porque lo mismo ata un karma bueno que un karma malo. Un karma bueno le llevará a tener una serie de facilidades, por ejemplo, una buena orientación espiritual, fáciles éxitos de tipo material, de tipo afectivo, etc. De estas personas a las que todo parece salirles bien, que paree nacido de pie, que todo les sale a pedir de boca, diríamos que tiene un karma bueno. En cambio de otras personas a las que, por mucho que se esfuercen todo sale mal, diríamos que tienen un karma muy malo, muy negativo que han de liquidar. Pero el problema del hindú es cómo llegar a esta emancipación interior, al librarse del vaivén de la existencia, de la rueda de nacimientos y muertes, si tanto la acción buena como mala nos ata, nos liga, nos condiciona a las consecuencias ulteriores. ¿Cómo conseguir esa liberación? ¿Cómo salir de este círculo? Ese es el problema.

La acción entendida en un sentido amplio, en un sentido total, o sea, toda cosa que la persona hace interna o externamente, es inherente al hecho de vivir, al hecho de existir. Vivir, existir, es eso, es acción, es movimiento, es transformación, es renovación, es relación. Incluso cuando reflexionamos, cuando estamos aislados, cuando pensamos en algo, estamos sujetos a una acción –acción interna pero acción-. Hasta la vida del contemplativo, del que procura centrarse admirando, adorando, participando en el mayor grado posible de la perfección del Ser, de Dios, del Amor, de la Bondad y de la Verdad, etc., hasta este estado que a los ojos del mundo es una pasividad total, constituye una intensa acción, pues requiere una actividad concentrada de enorme intensidad. Es cierto que es producto de los niveles de superiores de la mente, pero es acción. La vida es acción. Todo lo manifestado, todo cuanto existe es movimiento y a todo movimiento inteligente le llamamos acción. Por lo tanto, el problema de hallar el camino de la emancipación a través de la acción es un problema de primera importancia absolutamente para todos, no sólo para nosotros los occidentales, que vivimos la acción en un sentido principalmente exterior, sino incluso para el mismo oriental, de vida exterior más pasiva pero que interiormente desarrolla una gran actividad. Para todos es esencial conocer el camino de la emancipación a través de la acción.

(…) Cierto que encontramos lo mismo en nuestra tradición cristiana que nos habla de sacrificio, de renuncia, de la entrega total a Dios, pero con todo parece que esto sea entregar algo que nos corresponde, algo que nos pertenece y que no sabemos ni vemos lo bien fundamentado que esto puede estar y cómo esto puede operar por dentro.

(…)

La desidentificación

Lo que realmente nos ata a la acción no es la acción misma sino nuestra identificación con la acción. ¿Qué quiere decir eso? Quiere decir que nosotros confundimos nuestra realidad esencial interna, nuestro verdadero ser profundo, con nuestro deseos, con nuestras ideas, con los apetitos y sensaciones, con nuestro cuerpo, con la idea que tenemos de nosotros mismos; y porque lo confundimos nos aferramos a estas cosas como si fueran nuestro verdadero ser. Y es parcialmente la crispación que tenemos sobre esas ideas, esas sensaciones, esos impulsos, el origen de la confusión que existe en nuestra mente y que nos esclaviza a consecuencia de la satisfacción de nuestros deseos, de nuestros impulsos, etc. Se trata, pues, de llegar a descubrir y centrarse en lo que es nuestro ser central, ese eje desde el cual se originan las acciones, surgen los impulsos, las ideas, desde el cual se piensa, pero que no es ningún pensamiento, que no es ningún impulso, ninguna acción. Detrás de todo lo que cambia es donde está nuestro centro, nuestro verdadero ser, nuestra auténtica realidad.

Nuestras ideas están en un proceso de transformación constante, las que tenemos ahora son completamente diferentes de las que teníamos veinte años atrás; los sentimientos que nos mueven ahora, incluso lo que nos parecen más importante, son completamente diferentes o por lo menos renovados de las que teníamos hace también unos años. Nuestro mismo cuerpo es totalmente diferente, ya que todas sus células se han renovado; ya no es el mismo cuerpo que antes. ¿Por qué todo esto? Porque la vida es un proceso dinámico, de cambio, de renovación. Pero yo sigo siendo el mismo, tengo clara noción de identidad, de que yo sigo siendo yo. Por lo tanto, yo sigo siendo el mismo yo de hace veinte años, no puedo ser el cuerpo, no puedo ser las emociones que cambian, no puedo ser las ideas que están en constante vaivén: se trata de llegar a descubrir esa verdad de mi mismo, eso que está en mi inmóvil, eso que realmente yo soy. Y entonces, cuando podemos vivir centrados en la nociónde ser, simple, de modo directo, con percepción inmediata, con apertura de nuestra conciencia a este nivel central, podemos actuar sin confundir nuestro yo con nuestros impulsos, con nuestras ideas, con las situaciones exteriores, con nuestro amor propio, con toda clase de fenómenos externos e internos que constantemente se expresan a través de nosotros mismos. Éste es el verdadero objetivo, la meta que hay que alcanzar. Pero, claro está, el problema que se plantea ahora consiste en saber cómo conseguirlo, en ver claro como se llega a ello. Y ahí es donde empieza nuestra tarea, dónde se inicia el trabajo a realizar. Pero antes de entrar en esto veamos brevemente algo mas acerca de nuestras acciones, miremos más de cerca cuáles son las verdaderas motivaciones de nuestra conducta.

 

LAS MOTIVACIONES DE NUESTRA CONDUCTA

 

Normalmente, ¿por qué nos movemos? ¿Qué es lo que nos induce a hacer las cosas? El deseo de conseguir determinadas cosas o la necesidad de satisfacer impulsos interiores. Lo que nos mueve siempre es algo interno que nos empuja a algo de afuera que nos atrae.(…). De la vida no hay que reprimir nada en absoluto. La vida hay que aprender a vivirla toda, pero hay que aprender a vivirla desde su centro y es entonces cuando la vida adquiere pleno sentido. Mientras yo me agarre a algo que se mueve, a una ola, a una capa externa de la vida, sufriré los vaivenes de esta misma cosa externa a la que estoy agarrado. Pero si estoy centrado en mi ser real, entonces todo irá cambiando a través de mi y yo me mantendré sereno, inmóvil, expresándome a través de las cosas que cambian, pero sin que yo deje mi postura central, sin que yo me descentre ni por un momento, sin que pierda esta noción central de mí mismo que me hace sentir lleno de fuerza, de serenidad, lleno de amor, de discernimiento, esto es, viviendo de un modo actual la naturaleza esencial del espíritu.

 Pero si observamos nuestras motivaciones más de cerca podemos apreciar que las hay de dos clases, lo que ciertamente viene a dificultar el trabajo de interiorización hacia nuestro centro: unas que podríamos considerar naturales, sanas, correctas, auténticas y otras que son artificiales, superpuestas.

Las motivaciones naturales son las que surgen realmente de nuestra naturaleza. Nuestro organismo tiene unas necesidades y esas necesidades son auténticas, son reales. Nuestro nivel afectivo siente necesidad de expresar y recibir afecto, de vivir cosas bellas, agradables, cosas estéticas, cosas armónicas, y ello es natural, inherente a nuestra naturaleza en tanto que personas. Nuestra mente siente ansias de conocer cosas, de comprender la verdad de las cosas, de comunicar las ideas, de crear, transformar y expresarse, y todo ello es natural, es sano, es correcto.

Pero al lado de tales motivaciones naturales y casi siempre mezcladas con ellas aparece también otro tipo de motivaciones que no surgen de esta naturaleza sana y correcta, sino que se derivan de la idea distorsionada que tenemos de nosotros mismos, de la representación mental que nos hemos ido formando de nuestro Yo. Esta idea o imagen del Yo se ha ido deformando en nosotros desde niños porque cada vez hemos tenido frustraciones, que hemos tenido disgustos, insatisfacciones, hemos utilizado esta representación del Yo para vivir imaginativamente aventuras, para vivir situaciones imaginarias que nos compensan del malestar, situaciones ficticias mediante las que intentábamos obtener la afirmación de nosotros mismos que la vida real nos había negado.

Si nos observamos con atención veremos que esto mismo nos está ocurriendo hoy todavía a todos nosotros. Cuando estamos distraídos, cuando estamos divagando o soñando despiertos ¿qué es lo que realmente imaginamos? Mejor dicho, ¿Qué es lo que nos viene a la imaginación? Normalmente cuesta tener conciencia de ello porque casi siempre que este estado se produce nuestra mente consciente está medio dormida, ausente; pero si nos fijamos bien, si así, a lo vivo, en un momento de descuido tomamos conciencia, podemos atrapar el contenido de los que estábamos imaginando y descubrimos que siempre imaginamos cosas que nos gustaría hacer: lo que haríamos o lo que diríamos a tal o cual persona; el efecto que esto le causará y cómo tendrá que reconocer nuestra razón, nuestra superioridad, etc. Siempre son una serie de proyectos o aventuras centradas sobre el Yo que tienden a justificarnos a nosotros mismos, siempre a magnificarnos, a glorificarnos, a ponernos en un trono, aunque a veces este trono no resulta glorioso ni optimista, sino que nos asusta como mártires o víctimas, lo que es otro modo de ser héroes. Cuando uno adopta el papel de víctima, todos le quieren mal, todos van contra él, todo le sale mal. De uno u otro modo sigue siendo la idea del Yo, no el Yo que soy realmente sino el yo representado en mi mente, el que sigue siendo el único protagonista.

¿Por qué esa constancia en el pensamiento del Yo? ¿Por qué siempre nuestra imaginación gira alrededor de eso yo, formando una aventura, imaginando una historia de modo que el yo llegue a demostrar de modo incontestable su superioridad? Pues precisamente porque el Yo está intentando vivir esa superioridad que no ha conseguido vivir en el mundo real. Cada vez que hemos tenido una frustración, que nos hemos sentido injustamente limitados por algo o por alguien –y en la vida práctica nos produce abundantes experiencias de frustraciones y de limitaciones-, en lugar de dirigir la situación por entero, de modo consciente, se nos queda ahí dentro como algo indigesto y es esa indigestión la que busca salir a través de la vía imaginativa, creando todas esas fantasías en las que lo que copudo tener de un modo concreto en la vida real, trata de conseguirlo de un modo imaginario. Esto hace que poco a poco el Yo idea, la idea de mi mismo, se vaya deformando, porque ya no la utilizamos sólo para vivir la vida real, sino que sirve tanto para vivir la vida real como la imaginaria. Y es así como se va deformando poco a poco y se va alejando de lo que es la verdad objetiva, la verdad real.

Pues bien, en la vida concreta, surgen una enorme cantidad de motivaciones basadas en este Yo-idea deformado y no en nuestra verdadera naturaleza. No en lo que es nuestra realidad, las necesidades de nuestros niveles básicos, sino en esa sobreestructura que está deformada y ansiosa por llegar a vivir la experiencia de plenitud y de total realidad. No tenemos más que observar cualquier conversación y veremos el esfuerzo que todos hacemos para demostrar que tenemos razón, para demostrar que realmente el yo estaba justificado en lo que hizo, en lo que dijo, para que así los demás admiren y le tengan por muy inteligente, muy bueno, muy fuerte, muy lo que sea, siempre muy algo. Esa inquietud es la que siempre está empujando interiormente en busca de satisfacciones artificiales, condicionando prácticamente toda nuestra vida, alejándola de la sana naturalidad y espontaneidad e impidiendo que nos veamos a nosotros mismos con claridad y tomemos conciencia efectiva de nuestros niveles más profundos.

Tenemos pues, que lo que nos empuja a la elección es bastante complejo, mejor dicho, son bastantes factores complejos, difíciles muchas veces de discernir con claridad. Si tomamos un gato o un caballo, veremos que este animal actúa sin necesidad de compensación. El animal tiene su Ley, que es su verdad, su norma, su naturaleza, y cumple esta ley y ése es su modo de ser total: no hay en él doble fondo, no hay en él nada de compensar, nada de artificial, no es más que su naturaleza íntegra. Cuando una cosa le va mal procura desahogarse gritando, corriendo o triturando algo. Así se descarga y queda limpio. Pero en nosotros no existe esa clase de desahogo. La educación moral y social nos pone muchos frenos para los desahogos, pero rara vez nos da un camino efectivo para eliminar nuestras presiones interiores. Y cada vez que las cosas nos salen mal, cada vez que tenemos problemas, grandes o pequeños, aumenta nuestra necesidad de conseguir nuevas compensaciones, nuevas satisfacciones, nuevas afirmaciones del Yo. Y por esta razón necesitamos estar doblemente pendientes de lo exterior y del futuro. Lo exterior lo vivimos, no como una realidad presente e inmediata, sino como un instrumento que nos ha de servir para justificar y demostrar nuestra propia fuerza, nuestra propia importancia, para demostrar en una palabra, la superioridad del Yo. Y las insatisfacciones del pasado se convierten asimismo en exigencias de placer para el futuro. Es decir, que acabamos viviendo el mundo de un modo exclusivamente egocentrado, en función sólo de esa reivindicación constante que tenemos de nuestro Yo.

 En relación con las personas ocurre igual: no tratamos a la persona de un modo imparcial, objetivo, sereno. Sin querer, lo hacemos siempre en función del papel que ellas adoptan respecto a nuestros valores. A la persona que tiende aceptarnos, a valorarnos, que tiene cosas que desear o admirar, la tratamos con respecto y con afecto. En cambio, tendemos a rechazar a quienes pueden constituir un peligro para la superioridad, el valor, la afirmación de nuestro yo, o quien tiene algo de la cual huimos, que es pobre, que está muy enferma, que tiene muchos problemas, etc. Mientras estemos pendientes de tal modo a la reivindicación de nuestro Yo, no puede haber imparcialidad y, por lo tanto no puede haber acción justa. Hay aquí una constante deformación de la actitud natural, que exigirá un mayor trabajo de corrección, de ordenación, de purificación.

 

 


Anthony Blay; “Los yoga”. Editorial Indigo. Barcelona 1997.







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